


En la noche oscura de Geertgen no hay luna, ni antorcha, ni resplandor angélico desde lo alto. La única fuente de luz es el propio Niño. De Él, tendido en el pesebre, mana un resplandor, y en ese resplandor emergen los rostros: el rostro inclinado de María, los hocicos del buey y del asno, los rasgos toscos de los pastores, las alas de los ángeles. La luz no viaja del cielo a la tierra, sino desde el punto más bajo de la tierra — desde un comedero para el ganado. Es la teología de la Encarnación pintada en pigmento: Dios entra en el mundo no como una fuerza desde lo alto, sino como una luz desde abajo, desde la debilidad.
El Apóstol lo llamará con la palabra kénosis — el vaciamiento de sí: «El cual, siendo en forma de Dios... se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres». Lo eterno entra en lo temporal y consiente en hacerse finito. Lo ilimitado se hace un niño al que se puede envolver en pañales. Aquel que no puede ser concebido se hace alguien a quien se puede tomar en brazos. Dios se hace vulnerable no como estratagema ni como medio para una gloria futura — la vulnerabilidad es en sí misma el modo mismo de la salvación.
Y los primeros en acudir a la luz son los pastores. Aquí, por primera vez, se les concede un rostro: la luz que mana del Niño los arranca de la oscuridad. Así, desde la primera escena, queda anunciado el tema de todo el drama: la devolución del rostro a aquellos a quienes les fue arrebatado. La tiniebla de la voluntad propia, en la que se cerró de golpe el viejo paraíso, no se disipa con truenos nuevos. Dentro de ella nace una luz — indefensa, y precisamente por eso invencible.