El emperador Justiniano, que subió al trono en el año 527, ardía con un gran sueño: recrear el Imperio romano en toda su plenitud y para siempre. Recuperó el Occidente de manos de los bárbaros — el norte de África, Italia, parte de Hispania; mandó reunir todo el derecho romano en un solo Código (el Corpus Juris Civilis), que alimentaría las leyes de Europa durante mil años; levantó en la capital la iglesia de Santa Sofía, terminada en el 537, escaparate y símbolo de un reino cristiano renovado. Parecía que faltaba poco para que el mundo volviera a ser una sola Roma bajo un solo soberano. El precio fue la construcción misma del reino: las comunicaciones se estiraban de Hispania al Éufrates, el tesoro y el pueblo quedaron exprimidos por la reconquista — un imperio sin reserva de fuerzas.
Pero en la cumbre del triunfo llegó una calamidad que ningún ejército podía rechazar. En los años 541 y 542 cayó sobre el imperio una epidemia de peste que entró en la historia como peste «justinianea»: vino de fuera y no fue culpa de nadie. Según el testimonio del historiador de corte Procopio, segó una porción enorme de la población — cerca de una quinta parte de los habitantes solo en la capital; el propio emperador enfermó, pero sobrevivió. El tesoro quedó vacío, el ejército desangrado: un reino estirado más allá de sus fuerzas no tenía ya con qué responder al golpe, y el gran sueño se quebró en la hora misma de su cumplimiento. El florecimiento y la fragilidad, se vio, caminan uno junto a otro.
Comenzó un largo cautiverio de agotamiento. Extenuado por las guerras y la peste, el reino no pudo retener lo reconquistado: en el año 568, apenas una generación después de Justiniano, los lombardos entraron en una Italia exhausta casi sin resistencia. Oriente estaba consumido, la fuerza del reino minada desde dentro; lo que había costado décadas ganar se escurrió casi sin combate.
Y sin embargo, de esta quiebra no nació una derrota, sino un renacimiento. Lo que murió fue precisamente la antigua Romanitas — el sueño latino y mediterráneo de Justiniano; en su lugar creció otro reino: un Bizancio de lengua griega y centrado en Cristo, que viviría casi nueve siglos más. Los frutos más duraderos de su reinado también sobrevivieron a la catástrofe: el derecho romano y la Iglesia. Así se cumplió la ley de la historia: cayó el ídolo del imperio eterno, pero el espíritu se encontró una forma nueva. Y la lógica interna de esta peste — un florecimiento quebrado por la pestilencia — volvería, aún más terrible, en la «peste negra» del siglo XIV.