La Iglesia está llamada a ser una, y las disputas sobre cómo confesar rectamente a Cristo podrían haber conducido hacia una verdad más honda. Pero en los siglos V y VI la pregunta viva de cómo se unen lo divino y lo humano en Cristo se endureció en un ídolo de fórmula. La búsqueda teológica cedió el paso a una batalla por la palabra exacta, y la palabra se convirtió en bandera bajo la cual chocaban no solo verdades, sino provincias, facciones y capitales. La discusión sobre Cristo se volvió una discusión sobre el poder y la precedencia.
El drama se anudó en el Concilio de Calcedonia, en el año 451. Allí se definió que Cristo existe «en dos naturalezas» — divina y humana — «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Pero buena parte del Oriente cristiano rechazó la fórmula y confesó en cambio la naturaleza única del Dios-hombre (miafisismo). Las comunidades de Egipto, Siria y Armenia quedaron fuera de comunión; sus dirigentes fueron excomulgados, y el cisma quedó sellado. Cada intento posterior de reconciliar a las partes por la fuerza, de apoyarse en ellas con el poder imperial, no hizo sino ensanchar el abismo.
Siguió un cautiverio silencioso pero peligroso: el del extrañamiento interior. Las provincias orientales del imperio — el Egipto copto, las tierras sirias, Armenia — se habían distanciado en espíritu de Constantinopla mucho antes de que las golpeara ningún enemigo exterior. Un reino unido en apariencia estaba resquebrajado por dentro: sus súbditos ya no se sentían un mismo cuerpo con una capital que los había excomulgado y oprimido.
El retorno no llegó como restauración de la unidad, sino como capacidad de sobrevivir por separado. El cristianismo oriental perduró en una multitud de tradiciones independientes y tenaces: las iglesias copta, siríaca (jacobita) y apostólica armenia siguen vivas hoy, mil quinientos años después. Pero la lección del drama es amarga, y habría de repetirse: en 1054 el Occidente latino y el Oriente griego se dividirían por las mismas líneas — otra vez la unidad de la Iglesia sacrificada a una disputa sobre una fórmula y sobre quién ocupa el rango más alto. Cambiar la unidad viva por la satisfacción de tener razón no resultó ser un error puntual, sino una tentación, y el mundo cristiano habría de ceder a ella una y otra vez.