En el paso del siglo VIII al IX, Carlomagno logró lo inaudito: resucitó la idea imperial de Occidente, extinguida desde la caída de Roma. En el año 800 el papa le ciñó la corona imperial, y a sus contemporáneos les pareció que el orden cristiano — uno y sagrado — quedaba restablecido en carne y hueso. Pero dentro del triunfo se escondía una debilidad que se hizo ídolo: todo aquel orden inmenso descansaba, a fin de cuentas, sobre un solo hombre — sobre la voluntad, la fuerza y la autoridad personal del propio Carlomagno. Los hombres tomaron el imperio por algo sagrado, olvidando que se sostenía sobre hombros mortales.
El ajuste de cuentas llegó en cuanto faltó quien lo había hecho. El hijo de Carlomagno apenas pudo mantener unida la herencia y, en el año 843, sus nietos trocearon el reino en tres por el Tratado de Verdún. La fragmentación no hizo sino acelerarse, y hacia el 888 el imperio antes unido se había disuelto definitivamente en dominios enfrentados. Lo que había parecido la casa indestructible de Occidente se desmoronó en una o dos generaciones, en cuanto se retiró la mano que lo sostenía.
Siguió un cautiverio de indefensión. El Occidente debilitado y astillado quedó abierto a los saqueadores por todos los flancos: los normandos en sus drakkares desde el norte, los magiares desde el este, los sarracenos desde el sur. El poder central no podía proteger a nadie, y la gente buscó amparo en el vecino fuerte más cercano. Así nació el mundo feudal: la protección y la lealtad pasaron de un emperador lejano al señor local, el dueño de un castillo, que sí podía defender a los suyos del daño.
Y sin embargo, sobre las ruinas del imperio fueron asomando despacio los contornos de algo nuevo. De las porciones occidental y oriental del reino de Carlomagno crecerían con el tiempo la futura Francia y la futura Alemania; y la idea imperial misma no murió: fue refundida y se alzó de nuevo en el año 962 como Sacro Imperio Romano Germánico. Se cumplió también otra refundición silenciosa: los temibles normandos que habían devastado Occidente, una vez asentados en las tierras conquistadas, recibieron ellos mismos el bautismo y se convirtieron en soberanos cristianos. Así se cumplió la ley: cayó el ídolo de un imperio sostenido en un solo hombre, pero del caos de su disolución nacieron naciones, Estados y un sueño renovado de unidad cristiana.