

El jardín del Edén es un estado de confianza perfecta. No hay vergüenza ni miedo: el hombre y la mujer son todavía un solo todo, cada uno continuación del otro, y ambos están desnudos y no se avergüenzan. Dios pasea con el hombre al fresco del día. Pero aparece la serpiente — y no es un reptil que se arrastra, sino el mal cósmico más antiguo, la libertad caída, más vieja que el hombre. Ofrece la manzana — ofrece la duda. «¿Conque Dios ha dicho...?». Ofrece la libertad respecto de Dios — y ni siquiera miente sobre la muerte: «no moriréis corporalmente; seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Tiene razón en un sentido terrible: no morirá el cuerpo, sino el ser mismo, porque Dios es el ser, y separarse de Él es pasar al no-ser.
Y el hombre hace la primera elección trágica. Pero mirad de cerca el motivo: el fruto es «agradable a los ojos, codiciable, bueno para comer» — es el deseo vuelto hacia uno mismo. Dios crea dando; aquí, por primera vez, el hombre quiere tomar — vivir no para otro, sino para sí.
Y así, lo primero que conocen, habiendo conocido el mal, es la vergüenza: no la vergüenza del cuerpo, sino el miedo de que el otro te use, de que el otro ya no sea alguien tuyo, sino un peligro. Una ruptura. Un muro. El paraíso se cierra de golpe no por voluntad de Dios, sino porque el hombre, habiendo conocido la vergüenza, ya no puede soportar su mirada — y se esconde. Y cuando Dios llama: «Adán, ¿dónde estás?», el hombre responde descargando la culpa: «la mujer que me diste». Todos son culpables, y yo el que menos — la fórmula por la que vivirá toda la historia.
Y ahora Dios, con el corazón roto, hace la primera pregunta que sonará como leitmotiv de toda la historia: ¿qué hacer, entonces? ¿Destruir la creación — o encontrar un camino de vuelta que no quiebre su libertad?