


El pueblo recibió lo que pedía: un rey «como el de las demás naciones». Pero Dios pone una condición que ninguno de sus vecinos tiene: ese rey no será sacerdote. Entre los pueblos circundantes el rey es la principal persona sagrada, un dios viviente; aquí gobierna solo la carne del pueblo, mientras que sobre el alma sigue reinando un solo Dios, y ante Él cada hombre permanece libre. Así comienza la tragedia del poder real.
Saúl es un rey como los que tienen todas las naciones: hermoso, de alta estatura. Pero no sabe escuchar. En el momento decisivo, incapaz de esperar a Samuel, ofrece con sus propias manos un sacrificio que no tenía derecho a ofrecer: eso es obra de sacerdote, no de rey. Soberbia y desconfianza. Y Dios se retira de él.
David es un hombre según el corazón de Dios: poeta, guerrero, músico. Pero también adúltero y homicida: el asunto de Betsabé y Urías es la bajeza misma, la sangre de un soldado fiel enviado a la muerte. Y aquí, por primera vez, se alza en toda su estatura una fuerza nueva: el profeta. Natán, desarmado, entra en presencia del rey todopoderoso y, tras contarle la parábola del pobre y su corderilla, lo señala con el dedo: «Tú eres ese hombre». Y sin embargo el arrepentimiento de David es una cumbre espiritual: en el salmo cincuenta y uno, «no quieres sacrificio... los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios». Y Dios lo perdona. Pero las consecuencias del pecado permanecen: la rebelión de su hijo Absalón; por palabra de Natán, la espada no se aparta de la casa de David, y la sangre lo persigue hasta el fin.
Salomón es un sabio cuya sabiduría se ahogó en componendas. Construye el Templo, pero levanta también santuarios para sus mujeres extranjeras. Su corazón, en el que cabía todo, acaba hecho pedazos. El imperio se parte en dos. Los reyes no enmendaron nada: solo mostraron que el poder concentrado en manos del hombre caído conduce a una nueva forma de tiranía y de apostasía.
Y sin embargo, a través de esta tragedia empieza a sonar otra nota: en medio de los reyes venales crece cada vez más la voz de los profetas, y por ellos llega la promesa de un Rey extraño que no usará el poder en absoluto — «no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea», no alzará su voz en las calles, sino que juzgará solamente en verdad. Pero esa es la siguiente estación.