En la primavera de 1848 algo parecido a una corriente eléctrica recorrió Europa. De París a Viena, de Berlín a Milán y Budapest, se alzaron barricadas, y sobre ellas cristalizó un nuevo ídolo de la época: la nación. No como amor cálido a lo propio, sino como valor supremo al que todo le está permitido — una bandera bajo la cual un pueblo se sintió por primera vez fuente del poder. El viejo orden estaba construido de otro modo: para las monarquías de los Habsburgo y los Hohenzollern, para las decenas de cortes alemanas e italianas, los pueblos eran solo súbditos, una masa sin voz obligada a pagar y a servir. La exigencia de tener voz sonó a sacrilegio en aquel mundo.
La catástrofe llegó deprisa. El primer impulso de la primavera dio paso al otoño de la reacción. Los gobiernos revolucionarios, divididos y desgarrados por contradicciones internas — entre liberales y radicales, entre las distintas naciones de un mismo imperio — no se sostuvieron. Esto se ve con máxima claridad en la suerte de Hungría: tras proclamar reformas y separarse casi por completo de Viena, la revolución húngara fue aplastada en el verano de 1849 — el emperador Francisco José pidió auxilio al zar ruso, y los ejércitos unidos destrozaron a las fuerzas revolucionarias. Por toda Europa los tronos volvieron a su sitio, y los jefes de los levantamientos huyeron o subieron al cadalso.
Se instaló el cautiverio: una restauración casi universal y años de reacción política. Parecía que la «primavera de los pueblos» había pasado sin dejar rastro, dejando solo una lista de derrotas. El viejo orden triunfó, volvieron la censura y la policía, y la esperanza fue declarada delito. Pero la derrota de una revolución casi nunca es completa: algo de ella crece siempre a través de la piedra de la restauración.
El retorno llegó sin fanfarrias, pero fue real. En el propio Imperio austríaco la servidumbre fue abolida en 1848, y esa abolición no se deshizo jamás. Las ideas de gobierno constitucional y de autodeterminación nacional entraron en la tierra y maduraron: dos décadas después dieron una Italia unida y una Alemania unida. Pero el nuevo ídolo resultó tener dos caras. La nación que traía la liberación de un yugo extranjero llevaba dentro la semilla de guerras futuras: el mismo nacionalismo que elevó a los pueblos a la dignidad se convertiría, en el siglo XX, en odio mutuo y matanza. La fuerza que libera y la fuerza que destruye resultaron ser una y la misma, y en eso está la amarga dualidad de la ley.