En el fundamento del mundo atlántico había un ídolo simple y monstruoso: el ser humano como propiedad. La economía de plantación del Nuevo Mundo convirtió a la persona viva en cosa, en una línea de un inventario de mercancías junto al ganado y los enseres domésticos. La raza sirvió de justificación: si se declara al africano inferior, poseerlo es lícito, heredar a sus hijos es natural y su trabajo pertenece al amo de por vida. Sistemas enteros de derecho, de teología y de moral cotidiana fueron rehechos para que aquello no ofendiera la vista. El ídolo exigía no solo cadenas, sino la conciencia tranquila del esclavista.
El ajuste de cuentas con ese ídolo se prolongó siglos y costó torrentes de sangre. Gran Bretaña abolió la esclavitud en sus posesiones con la ley de 1833 y liberó a más de 800 000 personas en el Caribe y en Sudáfrica, pero pagando indemnización no a los esclavos, sino a los esclavistas, por su «propiedad perdida». En Estados Unidos el precio resultó aún más terrible: la cuestión de la esclavitud partió a la nación y desembocó en la guerra civil de 1861-1865, que costó cientos de miles de vidas. El ídolo no soltó su presa sin un rescate pagado en sangre.
Y ni siquiera la abolición formal trajo enseguida la libertad. El cautiverio de la esclavitud dio paso al cautiverio de la segregación. En Estados Unidos las leyes de Jim Crow levantaron un sistema de separación racial: los liberados recibieron una libertad formal, pero no igualdad — se les privó del voto, de la educación, de la dignidad, y se los empujó a una nueva servidumbre legalizada. Se les quitaron los grilletes de las manos, pero no a la sociedad; el ídolo de la propiedad sobre seres humanos simplemente se cambió de traje — se hizo ídolo de la pureza racial — y siguió viviendo.
Y aun así el giro fue verdadero. Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación el 1 de enero de 1863, y la Decimotercera Enmienda, ratificada en diciembre de 1865, prohibió la esclavitud en todo el país. Detrás de esto había un motor poderoso: el abolicionismo cristiano, la convicción de que ante Dios no hay esclavo ni libre, de que cada persona lleva dentro una dignidad inalienable. El retorno se produjo, pero quedó inacabado. Y es precisamente esa incompletud, esa memoria de una promesa de igualdad no cumplida, la que engendraría en el siglo XX el movimiento por los derechos civiles: una resurrección que hubo que completar un siglo entero después.