Cuando los españoles vieron por primera vez Tenochtitlán —una ciudad sobre un lago, con calzadas, templos y mercados—, se quedaron sin habla: era mayor que cualquier ciudad de Europa. Y en dos años había desaparecido. El ídolo de esta catástrofe es simple y desnudo: el oro y el «derecho» del que llega. A ojos del conquistador, el indígena dejó de ser un ser humano con su propia fe, su propio cómputo del tiempo, su propia memoria: se convirtió en mano de obra, en una unidad del libro de cuentas del botín. La culpa no se difumina aquí entre las partes: recae sobre quien vino con la espada y llamó misión al saqueo. La víctima no tiene culpa de haber sido declarada nada.
El colapso fue veloz y total. En 1521 cayó la alianza azteca; en 1533, el imperio de los incas; pero el cañón mató menos que lo invisible. La viruela, el sarampión y el tifus, contra los que los indígenas carecían de inmunidad, segaron valles enteros antes de que llegara hasta ellos un solo soldado. A esto se sumaron las guerras y el trabajo forzado en las minas y las plantaciones. En el curso de un siglo, la población de las dos Américas se desplomó en decenas de millones: una de las ruinas demográficas más terribles de la historia. Junto con las personas ardieron los códices: la escritura, los calendarios, la cuenta de las estrellas; maneras enteras de ver el mundo desaparecieron en las hogueras y bajo los escombros.
El cautiverio fue aquí doble. Los supervivientes cayeron en un sistema de trabajo forzado —la encomienda, la mina, la hacienda—, donde la persona quedaba atada a la tierra y a un amo. Pero también el pueblo entero fue hecho cautivo: sus dioses fueron derribados, sus templos convertidos en iglesias, sus nombres y costumbres declarados cosa del demonio. Aquellas civilizaciones no fueron simplemente sometidas: se las estaba borrando de la faz de la tierra, como si nunca hubieran existido.
Y sin embargo, una voz en defensa del ser humano se abrió paso, desde el seno de la misma Iglesia que consagraba la conquista. El dominico Bartolomé de las Casas, antiguo colono él mismo, se volvió contra los suyos y pasó la vida clamando por la inocencia de los indios. En 1550-1551, en Valladolid, los teólogos disputaron con Juan Ginés de Sepúlveda sobre una cuestión que hiela la sangre: ¿es el indio un ser humano, tiene alma y derechos? Las Casas venció formalmente: el tribunal reconoció que la política colonial era injusta. Los colonos no hicieron caso alguno del veredicto y siguieron como antes. Pero la pregunta había sido formulada en voz alta y ya no podía acallarse. No es esto una expiación del colapso: es su primera denuncia, de la que, siglos más tarde, crecería el lenguaje de los derechos humanos.