Hay ídolos que no se esconden tras discursos de gloria o de verdad. La trata atlántica de esclavos alzó su ídolo de manera abierta y cínica: el ser humano fue convertido en bien mueble, en una cosa que se compra, se vende, se asegura como carga y se asienta en un libro de cuentas. Para hacerlo posible se inventó una justificación: la raza. El color de la piel fue declarado un sello que otorgaba el derecho a poseer a otro ser humano como ganado. La raíz de este mal no está en la víctima ni en unas abstractas «circunstancias de la época», sino en el propio tratante y en el propio hacendado, que eligieron el lucro antes que al prójimo.
El colapso, extendido a lo largo de tres siglos, se mide en cifras que la mente apenas alcanza a sostener. Cerca de doce millones de africanos fueron llevados por la fuerza a través del océano. Se los conducía por el Pasaje del Medio —la travesía transatlántica en las bodegas de los barcos, donde las personas iban apretadas como leña—; millones murieron de enfermedad, de sed, de asfixia y de desesperación sin haber visto siquiera la otra orilla. A los que sobrevivieron los esperaba la esclavitud de plantación del Nuevo Mundo: el azúcar, el algodón y el tabaco de Europa estaban empapados de esa sangre.
El cautiverio fue aquí el más literal de todos: no el destierro, no una condición subordinada, sino la propiedad ante la ley. Y era hereditario: el hijo de una esclava nacía esclavo, los grilletes pasaban de una generación a otra como una maldición inscrita en los estatutos. A la persona se le robaba no solo la libertad, sino el futuro de sus hijos: la esperanza misma de que alguien de su linaje naciera libre.
El retorno comenzó en voz baja, y antes de lo que podría pensarse. En 1688, una pequeña comunidad de cuáqueros y menonitas de Germantown, cerca de Filadelfia, redactó una protesta escrita contra la esclavitud, casi la primera en las colonias inglesas. Su argumento era de una sencillez desarmante: haz a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti; ¿cómo pueden entonces los cristianos tener encadenados a seres humanos? La petición fue archivada y durante siglo y medio yació olvidada. Pero la semilla estaba sembrada. De aquella protesta de la conciencia crecería el movimiento abolicionista, y de él, la abolición de la esclavitud y la larga lucha inacabada por los derechos, que resonaría en una guerra civil y llegaría hasta el siglo XX. La ley se cumplió: lo que había sido llamado cosa recobró su nombre humano.