A comienzos del siglo XVI la salvación del alma se había convertido, a los ojos de muchos, en algo que podía comprarse. La Iglesia vendía indulgencias — certificados de remisión de los pecados a cambio de dinero — y el comercio marchaba con brío, con una tarifa casi mercantil: tanto por tal pecado, tanto por el alma de un pariente difunto, al que supuestamente se podía rescatar del purgatorio con una moneda. El perdón, que en el Evangelio se da gratis y por el arrepentimiento, se convirtió en mercancía con precio. El ídolo fue precisamente esa sustitución: un vínculo vivo entre el hombre y Dios reducido a una transacción monetaria, y la misericordia divina a un asiento contable.
En 1517 el monje agustino Martín Lutero se alzó contra ese comercio y difundió sus noventa y cinco tesis — primero por carta y, según la tradición, clavándolas en las puertas de la iglesia de Wittenberg. Golpeó el corazón mismo del asunto: si el perdón se vende por dinero, ¿qué queda de la fe y del arrepentimiento? La chispa cayó en la yesca seca del descontento acumulado, y la llama se extendió por toda Alemania y luego por Europa. La cristiandad latina quedó partida. La ira agitó también a los de abajo: entre 1524 y 1525 estalló la guerra de los campesinos, en la que los sublevados reclamaban además justicia terrena, y fue ahogada en sangre. Y en 1555 la paz de Augsburgo selló la ruptura con la fórmula «tal príncipe, tal religión»: desde entonces el súbdito estaba obligado a profesar la fe de su señor.
Así un cautiverio fue sustituido por otro. Antes la conciencia se había entregado a una Iglesia que traficaba con el perdón; ahora se entregaba al soberano. Europa se encerró en campos confesionales: tierras católicas y tierras protestantes, y una persona nacía en una fe no por elección del corazón, sino por el dominio en que vivía. La libertad de fe por la que en apariencia se había protestado se convirtió en una nueva falta de libertad: el derecho del príncipe a decidir en qué creía su pueblo. La ruptura de la Iglesia única puso los cimientos de las futuras guerras de religión, que anegarían Francia en sangre y, en la guerra de los Treinta Años, dejarían Alemania asolada.
Y sin embargo, a través de este cisma se abrió paso un retorno verdadero. Lutero tradujo la Biblia al alemán vivo, y la Palabra, antes encerrada en latín y en manos de intermediarios, habló por primera vez directamente a la persona corriente. Detrás de esto había un pensamiento que sobreviviría a todas las guerras de la época: la salvación y la fe son asunto de conciencia y de responsabilidad personal ante Dios, y por eso cada cual debe poder leer por sí mismo. El tráfico de perdones engendró la catástrofe; pero de la catástrofe nació la idea del individuo que está ante Dios en persona, y con ella un ansia de alfabetización sin la cual todo el mundo moderno resulta impensable.