Asiria fue la primera de la historia en poner la guerra en el lugar de la maquinaria del Estado. Sus reyes — Tiglatpileser, Senaquerib, Asurbanipal — gobernaban no tanto por la espada de la batalla como por un terror integrado en un sistema: las deportaciones masivas de pueblos enteros (así fue llevado y dispersado el Reino del Norte de Israel), las ejecuciones ejemplarizantes, las pieles desolladas de los rebeldes clavadas a las puertas de las ciudades — y todo ello consignado en las crónicas y esculpido en los relieves no con remordimiento, sino con orgullo. El terror no era un desliz, sino un método de gobierno; el miedo, la moneda con la que el reino pagaba la sumisión de medio mundo. El ídolo de Asiria llegó a ser la guerra misma, elevada a principio del poder.
Y el reino que parecía invencible se derrumbó en cuestión de años. Contra él se alzó una coalición: los medos del rey Ciaxares y los babilonios de Nabopolasar, a los que se sumaron otros pueblos agraviados. En 612 a. C., los aliados sitiaron Nínive — una de las mayores capitales del mundo de entonces — durante tres meses, y en agosto quebraron sus defensas, saqueando e incendiando la ciudad; el rey asirio Sin-shar-ishkun pereció entre las llamas.
El cautiverio adoptó aquí su forma más extrema: el propio esclavizador pasó a la nada. Asiria no fue llevada al destierro — sencillamente se desvaneció como potencia y como nombre. Nínive quedó reducida a tales ruinas que dos siglos más tarde los griegos de Jenofonte pasarían de largo sin saber siquiera de quién era aquella ciudad muerta. El reino que había vivido borrando del mapa a otros pueblos fue borrado a su vez.
No hubo restauración alguna — y en eso reside la esencia del retorno. En lugar de la restauración del poderío asirio vino la reinterpretación: el profeta bíblico Nahúm leyó la caída de Nínive como un juicio sobre la violencia misma. Su famoso «¡ay de la ciudad sanguinaria!» no es regodeo, sino un veredicto dirigido a todo imperio del terror: el reino que ha hecho de la crueldad su oficio lleva dentro de sí su propia destrucción. En la estación de los Profetas, el colapso de Asiria deja de ser un mero acontecimiento militar y se convierte en una ley pronunciada en voz alta: quien vive por la espada del miedo, por ella perecerá.