El siglo XVI fue la edad de los humanistas: hombres que trajeron a la sociedad un caudal de saber humano recuperado de la Antigüedad clásica. La imprenta hizo el libro ampliamente accesible, el oro de los grandes descubrimientos afluía a Europa, y por primera vez el hombre docto se convirtió en maestro de la sociedad, buscado por los reyes y apreciado por las ciudades. La Europa de entonces era casi una sola república de sabios, extendida de Polonia a Inglaterra.
Dentro de esa república el inglés Tomás Moro era uno de los nombres más respetados, y el amigo más cercano de su cabeza reconocida, Erasmo de Rotterdam. Su amistad dejó en la historia una huella tierna: durante una estancia en Londres, en casa de Moro, Erasmo escribió su Elogio de la locura para divertir a su anfitrión y a unos pocos amigos.
Moro mismo no fue solo un hombre de Estado, sino también un escritor: su fama descansa en Utopía, su libro más célebre. Pertenecía a aquel mismo círculo de ingenios doctos que dominaban toda la sabiduría de la época, pero buscaban en el conocimiento no el brillo, sino la verdad.
Aquella época sabía distinguir entre «ser» y «parecer». Cerca, en Florencia, un escritor político enseñaba a los príncipes que el príncipe no necesita ser, sino solo parecer, y que el poder se sostiene a cualquier precio: exactamente lo contrario del antiguo mandato filosófico: sé, no te limites a parecer. A aquella fidelidad antigua — la de que una persona es lo que es, y no lo que finge ser — se atenía todavía Platón, y con él toda la escuela para la que la verdad vale más que la ganancia. Tomás Moro resultó ser un hombre exactamente de esa estirpe.
La prueba llegó cuando el rey de Inglaterra se empeñó en un divorcio y en la ruptura con Roma. El papa no consintió, y el rey proclamó por su propia autoridad la independencia de la Iglesia inglesa. Moro — amigo de Erasmo, autor de Utopía — no quiso ir contra su conciencia: se opuso a ese divorcio y lo pagó con su cabeza. En 1535 fue decapitado.
Su muerte tuvo un eco lejano. Cuando la noticia del cruel final de su amigo llegó a Erasmo, este enfermó y murió un año después, como si la ejecución hubiera roto algo también en él. En el destino de Tomás Moro se ve el precio que podía costar la fidelidad a uno mismo en una época en que el poder y el miedo llevaban a los hombres a cambiar de convicciones por orden. Quedó entre los que pagan la verdad con la vida y no se retractan, como más tarde subiría a la hoguera Giordano Bruno. Por eso nos es querido: un sabio silencioso que mostró que la conciencia puede ser más dura que una corona.