El siglo XVI fue un tiempo de gran ruptura, cuando los viejos apoyos se desmoronaban y Europa buscaba a tientas una verdad nueva. En Florencia vivía en aquellos años un hombre que se atrevió a decir sobre el poder lo que quienes lo precedieron habían preferido callar. Nicolás Maquiavelo no construyó sistemas abstractos: miró la política con ojo frío y sobrio y la describió tal como es, no tal como debía ser según los libros de los moralistas.
Su obra más famosa es un tratado breve, «El príncipe». Es casi un manual: cómo ha de tomar el poder un gobernante y, sobre todo, cómo conservarlo. Y aquí Maquiavelo da el paso decisivo: separa la política de la moral. En el gobierno de un Estado, según sus palabras, no hay nada moral: la tarea del gobernante es conservar el poder a cualquier precio, y las virtudes y los vicios no se juzgan en sí mismos, sino solo según sirvan a ese fin o lo dañen.
De ahí crece una fórmula que invierte todo el ideal anterior. La filosofía antigua enseñaba: ser, no parecer — la autenticidad sobre la apariencia, la esencia sobre la impresión. Maquiavelo da la vuelta a las palabras: para el gobernante importa más parecer que ser. No necesita poseer todas las virtudes: debe saber mostrárselas a sus súbditos. El poder no vive de la verdad sobre sí mismo, sino de la imagen que infunde en los demás.
Maquiavelo estuvo cercano a la casa de los Médici y en buena medida justificó la realidad florentina que aquella familia había construido. Y no lo hizo por interés ni por paga: compartía de veras su propia visión de las cosas. A sus ojos, el hombre que se queda sin el bien supremo se vuelve fácilmente esclavo de sus propios deseos; por eso describió el poder no como debe ser, sino como la realidad de un mundo caído, donde mandan la fuerza, el cálculo y la fortuna.
Así, en una época en que Erasmo de Rotterdam aún ligaba la libertad humana al anhelo del bien, Maquiavelo escrutó la otra cara de ese mismo Renacimiento: la mecánica desnuda del poder. Con esa fría sobriedad abrió el camino a los teóricos posteriores del Estado; un siglo después, Thomas Hobbes llegaría a un realismo semejante: el Estado como fuerza que embrida a los hombres.
La importancia de Maquiavelo está en haber sido el primero en plantear, con semejante franqueza, una pregunta que desde entonces no deja en paz al pensamiento: ¿puede el poder ser moral, o la política vive según sus propias leyes despiadadas? Su «Príncipe» se convirtió en un espejo en el que cada época examina su conciencia, y por eso la conversación con este florentino conduce inevitablemente a una disputa sobre el hombre mismo: el hombre tal como lo veía Aristóteles y toda la tradición que puso el ser por encima del parecer.