Demócrito, discípulo de Leucipo, entró en la memoria de los griegos como el filósofo que ríe, en contraste con el que llora, Heráclito. Y en efecto, nos han llegado listas enteras de sus dichos cotidianos, sabios y de una sencillez casera. «Una vida sin fiestas es como un camino sin posadas», decía. O bien: si amas a tus hijos, ganarás un hijo; si no, perderás una hija. Fue también un convencido partidario del gobierno popular: mejor ser pobre en una democracia que rico bajo un tirano. Pero no fue esto lo que lo hizo célebre en la historia de la filosofía.
Demócrito toma, por así decirlo, de la mano a Anaxágoras y le hace una pregunta difícil. Todas las cosas que vemos alrededor tienen extensión, dimensión espacial. ¿Cómo pueden entonces componerse de partículas que carecen por completo de espacio, aquellas esencias puras e incorpóreas, las homeomerías, que enseñaba Anaxágoras? Aquí, intuyó Demócrito, se escondía una dificultad insoluble, la paradoja misma de la divisibilidad con la que más tarde lucharía también Platón.
Su respuesta fue tajante: la división tiene un límite. Existe una partícula mínima que ya no puede dividirse: el átomo, que en griego significa precisamente «indivisible». Es una cosa puramente conceptual, captada no por el ojo sino por la mente: ningún cuchillo llegará jamás hasta el átomo, y sin embargo la razón demuestra que es necesario, porque de otro modo las cosas se desmenuzarían en la nada.
En esencia, decía Demócrito, solo existen dos cosas: los átomos y el vacío. El espacio vacío es una especie de no-ser, y sin embargo también existe, también es ser. Así el ser resulta doble: se manifiesta como espacio vacío y como átomos que se mueven libremente en ese vacío. El ser único de Parménides se rompe aquí en incontables cuerpecillos indivisibles y en el vacío que se abre entre ellos.
Los átomos, según Demócrito, tienen formas diferentes, y es la forma la que lo decide todo. Unos pueden engancharse, encajar unos en otros como las piezas de un rompecabezas; otros no pueden, y por eso algo llega a ser, mientras que otra cosa no puede llegar a ser jamás. En esta mecánica del encaje no hay azar ni capricho: hay la estricta necesidad de las formas mismas. De los átomos derivaba incluso las sensaciones, describiendo los átomos de la sal o del sabor dulce, y sostenía que el alma misma, con el espíritu más alto, eran partículas de un género especial: redondas, lisas y fáciles de inflamar.
La significación de Demócrito difícilmente puede exagerarse: dio al mundo la idea de una esencia última e indivisible y un cuadro coherente en el que toda la diversidad de las cosas se reduce al movimiento de los átomos en el vacío según leyes inviolables. Esta línea atomista la recogería y desarrollaría Epicuro; la paradoja de la divisibilidad que planteó se convertiría en objeto de las reflexiones de Platón; y junto al Heráclito que llora y al Anaxágoras que disputa, el Demócrito que ríe quedó para siempre como una de las mentes más audaces que intentaron descifrar la estructura misma del ser.