Después de 1945 el mundo se partió en dos, y sobre ambas mitades reinó un mismo ídolo con dos rostros: la ideología absoluta y la Fuerza. Cada superpotencia declaró su propio sistema el único verdadero, la corona de la historia, y convirtió al resto del mundo en un tablero de ajedrez. Las naciones dejaron de ser dueñas de su destino y pasaron a ser «esferas de influencia», piezas en un juego ajeno, movidas y sacrificadas por cálculo estratégico. La historia viva de continentes enteros quedó aplanada en la línea de enfrentamiento entre dos centros.
La catástrofe de ese modo de pensar se midió en megatones. La carrera de arsenales nucleares llegó al absurdo: capacidad de destruir el planeta muchas veces. En octubre de 1962 la crisis de los misiles de Cuba llevó a la humanidad al borde mismo: misiles soviéticos en Cuba, un bloqueo estadounidense y un puñado de días en los que el mundo estuvo a un cabello de la destrucción universal. Y allí donde las superpotencias no podían chocar directamente, combatieron por manos ajenas: las guerras «calientes» de la periferia costaron millones de vidas. La descolonización también se pagó en sangre: la partición de la India en 1947 desarraigó a unos catorce millones de personas y mató a cientos de miles a lo largo de las nuevas fronteras.
El cautiverio duró casi medio siglo, bajo la doctrina de la «destrucción mutua asegurada», en la que la supervivencia misma descansaba en un equilibrio de miedo. No solo quedaron divididas las ideologías, sino pueblos vivos: el Muro de Berlín, levantado en 1961, cortó en dos con hormigón y alambre de espino una ciudad, una nación, una familia tras otra. Una frontera que era una línea en un mapa se hizo muro a través del corazón humano: un ídolo de la división hecho por manos humanas y declarado eterno.
Pero todo ídolo hecho por manos cae cuando llega su hora. Las naciones volvieron a ser dueñas de su destino: una oleada de independencias recorrió Asia y África y devolvió a los países sus nombres y su estatalidad. Despacio maduraron los tratados de control de armamentos, reconocimiento de que la carrera no podía tener vencedor. Y en 1989 cayó el Muro de Berlín: lo que se había levantado como frontera infranqueable entre mundos se derrumbó casi sin un disparo, y los separados se abrazaron sobre sus escombros. También aquí se cumplió la ley: un muro erigido como eterno resultó mortal, como todo lo que el hombre pone en el lugar del cielo.