Platón fue el primero en dividir el mundo en dos. Están las cosas que vemos: nacen, cambian y perecen. Y está aquello que las hace ser lo que son: las Ideas (las Formas), eternas e inmutables. Hay muchas cosas bellas — pero existe la Belleza misma; muchos actos justos — pero existe la Justicia misma. Lo verdaderamente real son precisamente las Ideas; las cosas solo participan de ellas, como la sombra participa del objeto. Y por encima de todas las Ideas está la Idea del Bien — fuente del ser y de la verdad, su «sol».
Lo explicó con la imagen más famosa de la filosofía: la alegoría de la caverna. Unos hombres están encadenados en una caverna, de espaldas a la entrada, y ven en la pared solo las sombras de las cosas que pasan por detrás de ellos, tomándolas por la única realidad. El filósofo es aquel que ha logrado volverse, salir a la luz y ver las cosas mismas, y después el sol (el Bien). Y su deber es regresar a la caverna, junto a sus antiguos compañeros de cadenas, aunque estos se burlen de él, cegado por la luz. Para Platón el conocimiento es el doloroso volverse del alma entera desde las sombras hacia la luz.
El alma, según Platón, es inmortal y consta de tres partes: la racional (que aspira a la verdad), la irascible (la voluntad, el coraje) y la concupiscible (los deseos del cuerpo). La justicia existe en una persona cuando manda la razón, la voluntad la asiste y los deseos obedecen.
Y aquí está el movimiento central de La República: la ciudad-estado ideal se ordena a imagen del alma. A la parte racional corresponden los filósofos gobernantes; a la irascible, los guerreros guardianes; a la concupiscible, los artesanos y los labradores. El Estado es justo cuando cada clase hace su propio trabajo y no se entromete en el ajeno. De ahí la conclusión más audaz de Platón: mientras no gobiernen los filósofos — quienes han visto el Bien —, los Estados no se librarán de sus males. No la fuerza ni la riqueza, sino el conocimiento de la verdad da el derecho a gobernar.
En la vejez, en Las Leyes, Platón se volvió más sobrio: viendo que no se encuentran gobernantes filósofos ideales, pone sus esperanzas en el imperio de la ley y en la educación desde los primeros años, en una vida lo más comunitaria y unida posible. Del sueño juvenil de un reino de los sabios — a la madura confianza en la ley como «segunda navegación».
La influencia de Platón es inconmensurable: toda la filosofía posterior, según la frase célebre, son «notas a pie de página a Platón». Su mundo de las Ideas entraría, a través de los neoplatónicos, en la teología cristiana (Dios como el Bien hacia el que asciende el alma), y la disputa sobre si las Ideas existen aparte de las cosas no se apagaría hasta la Edad Moderna.