Anaxágoras fue el hombre en quien la filosofía entró por primera vez de verdad en la gran ciudad. Se trasladó a Atenas —en la época de su florecimiento— y se hizo amigo cercano de Pericles, a quien asistía en los asuntos políticos. Y allí, entre el ruido de la polis democrática, siguió meditando la misma pregunta con la que había luchado todo el pensamiento griego temprano: el ser es entero y uno, pero ¿cómo se despliega en él la vida, cómo procede ese movimiento y esa generación incesante de las cosas?
Su respuesta difería de la de sus predecesores. Mientras Empédocles lo reducía todo a cuatro elementos, Anaxágoras hablaba de una multitud de cosas cualitativamente distintas, y además infinitamente divisibles. Por fino que dividamos una partícula, siempre puede dividirse más: la división no tiene límite. A esas partículas mínimas las llamó homeomerías, las semillas de las cosas. En algún nivel ya no tienen ni masa ni volumen: solo queda la pura esencia.
A este pensamiento lo condujo una pregunta simple y a la vez profunda: ¿por qué crece el ser humano? El niño recién nacido es pequeño, y luego crece, alimentado primero por la leche de su madre, luego por el pan. Pero el pan, al fin y al cabo, está hecho de trigo, no de cabellos, uñas o carne: ¿de dónde sale entonces el cuerpo que crece? Se sigue, concluyó Anaxágoras, que las semillas de todas las cosas están ya contenidas dentro de cada cosa. También el trigo crece así de la tierra: enterramos en la tierra a nuestros muertos, se descomponen y vuelven a ella, y de esa misma tierra se alza de nuevo el trigo: un ciclo de semillas en el que todo contiene todo.
De ahí su principio famoso: todo está en todo. En cada cosa, en cada uno de nosotros, está presente, por así decirlo, un mundo entero, todas las homeomerías a la vez. Era una idea audaz de las esencias puras: un nivel del ser en el que ya no existe la corporeidad, sino que quedan solo las esencias, de las cuales las cosas corpóreas no hacen más que componerse.
Pero ¿quién ordena entonces esas semillas, reuniéndolas en cuerpos y cosas bien formados? Aquí Anaxágoras introduce un principio destinado a un gran futuro: la Mente, el Nous. Es la Mente suprema, divina, separada de todas las cosas y no mezclada con nada; es el origen de todas las cosas y las gobierna todas, transformando las esencias puras en cuerpos. Cierto es que precisamente en esa transformación de las esencias en cuerpos advertiría más tarde Demócrito un punto vulnerable, y lo tomaría como punto desde el cual construir su propia doctrina.
La significación de Anaxágoras es doble. Por un lado, de manera puramente especulativa, sin instrumentos ni microscopios, logró anticipar aquello a lo que la ciencia llegaría solo muchos siglos después: que en el nivel de las partículas mínimas la materia corpórea familiar, por así decirlo, desaparece, disolviéndose en esencias puras. Por otro, fue el primero en colocar con claridad, por encima del universo entero, una inteligencia ordenadora, la Mente, y con ello tendió un puente hacia la futura idea de Dios como mente y conciencia puras. Junto a Parménides, que demostró la integridad del ser, y a Empédocles, que buscaba cómo nace lo múltiple de lo uno, Anaxágoras queda entre quienes prepararon el terreno para toda la filosofía madura.