Apenas alcanzaba el metro y medio — un metro cincuenta y dos. Una enfermedad ósea de la infancia le quebró las dos piernas, y ya no volvieron a crecer. En los cabarets y burdeles de París todos lo conocían — y nadie le prestaba atención. Esa era su ventaja.
Henri de Toulouse-Lautrec nació en 1864 en una familia aristocrática: conde, de antiguo linaje. Y con genes desdichados — sus padres eran primos. Dibujaba desde niño, en los años en que las piernas le permitían poca cosa más. Sus padres no se oponían: que dibuje, con tal de que no sufra.
A los veinte años se mudó a Montmartre. Un estudio, el Moulin Rouge, el circo, las carreras. Dibujaba lo que veía a diario: bailarinas, cantantes de cabaret, payasos, clientes en sus mesas, mujeres en los cuartos de los burdeles. Vivió varios años en una de esas casas — pagaba su habitación y dibujaba a sus habitantes sin sombra de romanticismo: cansadas, aburridas, simplemente vivas.
Sus carteles cambiaron la historia del arte gráfico. La Goulue, Jane Avril, Yvette Guilbert — él las hizo estrellas. Sus carteles se pegaban por todo París, y la gente los arrancaba de las paredes para llevárselos a casa. Era la publicidad como arte.
La técnica: líneas rápidas, manchas planas de color, ninguna idealización. La aprendió de la estampa japonesa — de Hokusai y de Utamaro. La silueta importa más que la sombra.
A los treinta y seis años, el alcohol estuvo a punto de hacerle perder la razón. Su padre se lo llevó al château de la familia. Un año después salió. Un año más tarde estaba muerto — a los treinta y seis.
El Moulin Rouge sigue abierto hasta hoy. En sus carteleras: su estilo.