En 1910 entró en su taller y vio en la pared un cuadro de una belleza inverosímil. No distinguía formas — solo colores y líneas. Se acercó. Era un cuadro suyo, puesto de lado.
Kandinski describió ese momento en sus memorias como una revelación: entonces la representación de un objeto real no era necesaria. El color y la forma por sí solos podían conmover — como lo hace el sonido en la música. Así nació la pintura abstracta.
Vasili Kandinski nació en Moscú en 1866. Se graduó en derecho y fue propuesto para una cátedra. A los treinta años lo abandonó todo y se marchó a Múnich a estudiar pintura.
Pensó mucho en el vínculo entre el color y el sonido. El amarillo era como una trompeta; el azul, como un violonchelo. Tenía sinestesia: veía colores en los sonidos y oía sonidos en los colores. Sus cuadros llevan los títulos de Composición, Improvisación, Impresión — el vocabulario de la música.
Tras la revolución de 1917 volvió a Rusia y participó en los proyectos culturales soviéticos. Pero al Estado soviético le importaba cada vez menos la abstracción, y cada vez más el realismo de agitación. En 1921 se marchó a Alemania, a la Bauhaus.
En 1933 los nazis cerraron la Bauhaus. Kandinski se trasladó a París, donde vivió hasta su muerte en 1944. Los nazis declararon sus cuadros «arte degenerado» y los quemaron.
Sobrevivió a dos guerras mundiales, dos revoluciones y dos regímenes que lo habían declarado enemigo. Siguió pintando círculos de colores.