Mijaíl Zóschenko escribía cosas divertidas — y hablaba de cosas terribles. Su tema era el pequeño hombre soviético, incapaz de defenderse de nadie, disertando con absoluta seriedad sobre puros disparates.
Nació en Petersburgo en 1894. La facultad de derecho, luego la Primera Guerra Mundial — oficial, gaseado en el frente. Tras la revolución fue, por turnos, zapatero, policía, telefonista, agente de la brigada de investigación criminal.
«La aristócrata», «Los baños», «Gente nerviosa» — relatos en primera persona cuyo narrador no tiene la menor idea de cómo se ve desde fuera. El efecto cómico brota de esa ceguera.
En 1946 llegó el decreto de Zhdánov: Zóschenko y Ajmátova fueron expulsados de la Unión de Escritores — un «vulgar» y una «escoria». Fue readmitido en 1953 y murió en 1958, sin haber sido nunca rehabilitado en ningún sentido real.