No inventó la pintura al óleo, pero fue él quien comprendió lo que podía hacerse con ella. Antes de él los pintores trabajaban al temple: la pintura secaba deprisa y había que simplificar los detalles. El óleo secaba despacio: se podía trabajar por capas, lograr transparencia, luminosidad, una precisión casi fotográfica. Lo que en otros quedó en técnica se volvió, en él, un lenguaje.
Del artista mismo se sabe poco. Jan van Eyck nació hacia 1390; la fecha exacta se desconoce. Trabajó en la corte de Felipe el Bueno, duque de Borgoña: primero como pintor, luego como diplomático, viajando en misiones a Portugal y a España. En los orígenes de la escuela neerlandesa estaba junto a él Robert Campin, pero fue van Eyck el primero que hizo que la pintura sostuviera la luz.
El Políptico de Gante — 1432. Doce paneles, más de doscientas figuras. Es la pintura firmada y fechada más antigua de la escuela neerlandesa. Se puede estudiar durante horas: cada flor del prado está pintada por separado, cada hilo de un vestido se distingue. No hay aquí pasajes de compromiso: todo está elaborado con la misma atención, como si el artista no tuviera derecho a simplificar una sola cosa.
El retrato de los Arnolfini — 1434. Un mercader y su mujer, de pie en una habitación. En la pared del fondo hay un espejo redondo y convexo, y en él se refleja toda la habitación, y con ella el propio artista. Es el primer caso en la pintura europea en que un maestro se coloca dentro del cuadro, en el reflejo. La pintura miró por primera vez a quien la pinta.
En segundo plano, encima del espejo, hay una inscripción en la pared: «Johannes de Eyck fuit hic 1434»: «Jan van Eyck estuvo aquí». La primera firma de la historia de la pintura neerlandesa. No la marca de un artesano al pie de un encargo, sino un testimonio de presencia: yo estuve aquí, yo vi esto, yo respondo de ello.
Detrás de esta obsesión por la precisión no hay vanidad del ojo, sino una actitud particular hacia la materia. Si cada hilo y cada destello es digno de ser pintado hasta el final, entonces el propio mundo material ha dejado de ser un borrador. La máxima nitidez de lo terreno suena aquí como un icono de aquello que ha entrado en la materia de verdad y corporalmente: no una idea, sino carne; no una alusión, sino una cosa que se puede examinar de cerca.
Murió en 1441. Rogier van der Weyden, su sucesor, llegó al taller y vio cómo había que pintar. De aquel taller salió toda la pintura posterior del Norte: la capacidad de plasmar el mundo de modo que el espectador crea en su sustancia antes de que le dé tiempo a preguntar por su sentido.