Vivió casi cien años — la fecha exacta de su nacimiento se desconoce, pero murió de la peste en 1576, y tenía al menos ochenta y cinco. En esos años cambió la idea misma del color en la pintura.
Tiziano Vecellio nació hacia 1488-1490 en un pequeño pueblo de los Dolomitas. A los nueve años lo enviaron a Venecia a estudiar. Entró en el taller de Giovanni Bellini, el mejor pintor de Venecia, y más tarde pasó al de Giorgione.
Cuando Giorgione murió de la peste a los treinta y dos años, Tiziano estaba cerca. Terminó varios de sus cuadros — y los estudiosos aún discuten dónde acaba Giorgione y dónde empieza Tiziano.
La Venecia del siglo XVI era luz sobre el agua, fiesta, lujo, comercio con Oriente. Tiziano entendió la ciudad mejor que nadie y le dio una lengua pictórica. Su color no es descripción de la forma, sino una fuerza por derecho propio: su rojo arde, su azul respira.
Lo pintó todo: mitología, religión, retratos. Carlos V, Felipe II, papas, dux — todos querían un retrato de mano de Tiziano. Carlos V, cuenta la leyenda, recogió el pincel caído del pintor con las palabras: «Tiziano es digno de ser servido».
La Venus de Urbino, Amor sacro y amor profano, la Asunta — el grandioso retablo de Santa Maria Gloriosa dei Frari ante el cual los visitantes aún se detienen en el umbral.
En sus últimos años su pincel se hizo libre hasta rozar la abstracción: pinceladas anchas, zonas de lienzo desnudo. Es lo que se llama el «último Tiziano» — y es lo que más admiran los pintores.