El verdadero nombre de Tirso de Molina era Gabriel Téllez. Nació hacia 1580 en Madrid, profesó en la Orden de Nuestra Señora de la Merced (los mercedarios) y pasó la mayor parte de su vida entre la celda monástica y la escena teatral. La combinación les parecía extraña a sus contemporáneos: el teatro del Siglo de Oro español era una empresa pública y no precisamente inocente. Pero fue justamente eso lo que produjo un autor que entendía la naturaleza del mal desde dentro de dos mundos a la vez.
«El burlador de Sevilla y convidado de piedra» apareció impreso en 1630. Don Juan Tenorio es un noble sevillano que seduce mujeres, mata a sus parientes y, cuando le reprochan su impiedad, responde: «¡Qué largo me lo fiáis!» — es decir: queda mucho tiempo por delante. En el final mata al viejo Comendador, más tarde invita temerariamente a cenar a su estatua de piedra — y la estatua acude. El apretón de manos del muerto arrastra a don Juan al infierno, sin confesión y sin perdón.
Es importante entenderlo: el don Juan de Tirso no es un romántico ni una víctima de las circunstancias. La cultura posterior suavizaría su imagen: Mozart y Da Ponte harían de él un libertino encantador en la ópera «Don Giovanni» (1787); Byron, un observador irónico; Pushkin, en «El convidado de piedra», casi un poeta. Pero en la pieza de Tirso es exactamente lo que es: un hombre al que la libertad le ha sido dada por entero — y que elige sistemáticamente la destrucción. No por debilidad, sino por la convicción de que ya tendrá tiempo de detenerse más tarde.
La esencia teológica de la pieza está en ese «más tarde». La doctrina católica no negaba la posibilidad del arrepentimiento en el último minuto, pero Tirso mostró que es precisamente en esa trampa donde cae la voluntad libre. Don Juan no es un ateo ni un necio: entiende que el Cielo y el Infierno existen. Su pecado no es la incredulidad, sino el cálculo. Cuando la estatua del Comendador le estrecha la mano, estrecha la mano de un hombre que siempre decía: «tendré tiempo».
En treinta años de trabajo Tirso escribió, según su propia cuenta, unas cuatrocientas piezas. Nos han llegado unas ochenta. Entre ellas, «Don Gil de las calzas verdes» (1615), donde los disfraces de los personajes alcanzan una complejidad matemática, y «La prudencia en la mujer», crónica histórica sobre la regente doña María de Molina, escrita contra la convención: una gobernante inteligente como modelo y no como excepción. Toda su dramaturgia se sostiene sobre una sola pregunta: ¿cómo se conduce la voluntad libre bajo la presión de la tentación?
La figura de don Juan resultó ser una máquina de engendrar sentidos. Molière hizo de él un racionalista que no cree más que en las matemáticas (1665); Mozart, un seductor irresistible al que favorece la orquesta; Pushkin, un poeta que descubre el amor verdadero en el momento de su muerte; José Zorrilla, en 1844, le dio rasgos de héroe romántico y dejó que se salvara por el amor. En todas las versiones — salvo la primera — don Juan se fue haciendo más humano. Tirso no lo concibió así.
El fraile Téllez murió en 1648 en Almazán, sin llegar a saber que había creado uno de los personajes más perdurables de la literatura mundial. Su don Juan planteó una pregunta que cuatro siglos no han podido cerrar: si la voluntad libre existe y un hombre sabe que hace el mal, ¿qué le impide detenerse? La respuesta de la pieza es simple hasta la crueldad: nada. Solo la frontera que un día llega por sí sola.