Serguéi Alexéyevich Mechov creció a la sombra de una gran obra espiritual: su padre, el justo Alexéi Mechov, rector de la iglesia de San Nicolás en Klenniki, en la calle Maroseika, había reunido en torno a sí una comunidad fuera de lo común. A la muerte del padre, el hijo se hizo cargo de esa parroquia y continuó su obra — no como rector formal, sino como padre espiritual de una «familia penitencial», en la que los feligreses estaban unidos por la confesión común, la responsabilidad mutua y un ritmo vivo de oración.
Su pastorado cayó en los años en que la Iglesia sufría en Rusia una persecución cruel: se cerraban los templos, se arrestaba a clérigos y creyentes. El padre Serguéi no quiso buscar la seguridad al precio de renunciar a su ministerio y a su comunidad. Aun bajo presión siguió siendo pastor de los que le habían sido confiados, y conservó la libertad interior allí donde la exterior había sido arrebatada.
En 1929 fue arrestado junto con feligreses del templo de Maroseika y desterrado al Norte. Al primer destierro siguieron nuevos arrestos, cárceles y campos; los años pasaban en separación de su comunidad, pero no en ruptura con ella. A comienzos de 1942, tras meses de prisión e interrogatorios, fue fusilado en Yaroslavl — aceptando la muerte por la fe a la que había servido toda su vida.
En el año 2000 la Iglesia ortodoxa rusa lo canonizó como santo mártir Serguéi. Su memoria no es solo la de la tragedia de una época, sino también la de esta verdad: la paternidad espiritual y la fidelidad pueden sobrevivir a cualquier persecución, y una comunidad nacida en el amor sigue viva aun después de la muerte de su pastor.