Trabajaba como una fábrica. El taller, los ayudantes, los alumnos — todo estaba organizado para producir cuadros a la máxima velocidad. Rubens esbozaba la composición, los alumnos elaboraban los detalles, y él volvía para rematar los rostros y las manos. Y sin embargo, cada cuadro estaba vivo.
Peter Paul Rubens nació en 1577 en Siegen — su padre había huido de Amberes escapando de la persecución religiosa. A la muerte del padre, la familia regresó. Rubens creció en la corte, dominó seis lenguas y leía a los antiguos en el original. La pintura era su vocación, pero no la única.
En 1600 partió hacia Italia — por ocho años. Copió a Tiziano, a Miguel Ángel, a Tintoretto, y trabajó para el duque de Mantua. Volvió a Amberes en 1608 — y se convirtió de inmediato en el pintor más célebre del norte de Europa.
Su mundo es carne, movimiento, pasión. Sus cuerpos no se están quietos — se abalanzan, caen, se abrazan. El rapto de las hijas de Leucipo, La caza del león, El descendimiento de la cruz — todo en movimiento, todo a pleno pulso. Sabía pintar el terror y la ternura en un mismo aliento.
Más allá de la pintura, fue diplomático. Sirvió a la corona española y viajó a Londres a negociar la paz entre España e Inglaterra. El rey inglés lo hizo caballero. El español también.
En 1630, a los cincuenta y tres años, se casó en segundas nupcias — con Helena Fourment, de dieciséis. La pintó decenas de veces. Het Pelsken, «El abrigo de pieles», es el retrato más íntimo de todos: su mujer de pie, desnuda, envuelta en un manto de piel. Dejó dispuesto que el cuadro no se vendiera tras su muerte.
Murió en 1640. El cuadro, claro está, se vendió.