Borís Pasternak vivió dos vidas en una: la primera, la de un poeta al que se exaltó; la segunda, la de un hombre al que intentaron destruir. Nació en Moscú en 1890, en la familia de un pintor y una pianista, una casa donde Tolstói entraba como invitado y el arte era el aire que se respiraba. Dejó la música por la poesía, la poesía por la prosa, la prosa por la traducción, y sin embargo todo era una sola y misma búsqueda: cómo fijar un instante para que no muriera.
En los años veinte sus poemas se sabían de memoria. En los treinta tradujo a Shakespeare y a Goethe: la única manera de sobrevivir sin traicionarse. En 1956 terminó El doctor Zhivago, una novela sobre cómo la revolución tritura las vidas de personas que solo querían amar y escribir versos. El manuscrito salió clandestinamente hacia Occidente; en 1958 Pasternak recibió el Premio Nobel.
El Estado soviético respondió con la persecución. La Unión de Escritores lo expulsó. Los periódicos exigían que aquel «Judas literario» fuera deportado. Pasternak renunció al premio, para no ser desterrado del país donde estaban las tumbas de quienes amaba. Dos años después murió de un cáncer de pulmón. Cientos de personas acudieron a su entierro en Peredélkino, sin anuncio alguno, solo de boca en boca.