Billie Holiday cantaba de un modo que hacía que los oyentes se olvidaran de respirar. Su voz era de registro pequeño, pero llevaba algo que nadie puede enseñar: el poder de convertir cada nota en verdad.
Nació en 1915 en Baltimore; su verdadero nombre era Eleanora Harris. Su infancia fue pobreza, violencia, trabajo en un burdel a los trece años. En Nueva York empezó a cantar en los clubes de Harlem, donde la oyó John Hammond, que le organizó una grabación con Benny Goodman. Era 1933.
«Strange Fruit», 1939: una canción sobre el linchamiento de los negros en el Sur. Árboles que florecen con frutos extraños: cuerpos colgando de la soga. Las emisoras de radio se negaron a ponerla. Ella la cantaba la última en cada concierto, a oscuras, ante una sala en silencio total.
Billie luchó contra el racismo, contra la drogadicción y contra los hombres que la explotaban. En 1959 murió en un hospital de Nueva York, detenida por posesión de heroína, con un policía apostado junto a su cama. Tenía cuarenta y cuatro años. Le quedaban setenta dólares.