Christoph Willibald Gluck (1714–1787) reformó la ópera tan a fondo que el género ya no pudo volver a ser lo que había sido. Hijo de un guardabosques de la frontera checo-alemana, hizo un largo camino — Praga, Milán, Londres, Viena, París. Empezó escribiendo la opera seria italiana que su época esperaba, con sus arias fastuosas y sus números de virtuosismo para los cantantes, hasta que comprendió que la ópera se había convertido en un concierto de solistas en el que el drama se ahogaba.
La ruptura llegó en 1762, con el estreno vienés de Orfeo ed Euridice sobre libreto de Ranieri Calzabigi. Gluck hizo lo que parecía imposible: despojó la obra de ornamentos y escribió una música de grandeza sencilla en la que nada importaba más que la verdad del sentimiento. El aria de Orfeo «Che farò senza Euridice», la famosa melodía de flauta de la Danza de los espíritus bienaventurados y la escena en los Campos Elíseos se volvieron el modelo de un nuevo estilo operístico, «noble». En el prefacio de Alceste (1767) dejó sentados sus principios: la música debe servir a la poesía y a la acción dramática, no a la vanidad de los cantantes.
En la década de 1770 Gluck se instaló en París, donde en la célebre querella de gluckistas y piccinnistas defendió la idea del teatro musical como alta tragedia. Su Iphigénie en Aulide y, sobre todo, Iphigénie en Tauride son modelos de claridad clásica y de fuerza emocional; Berlioz y Wagner los admirarían más tarde.
El joven Antonio Salieri estudió con él, y de su obra nació la nueva comprensión de la ópera que Mozart honraría en Idomeneo, Berlioz en Les Troyens y Wagner en sus propios manifiestos reformadores.
Gluck no importa por tal o cual melodía, sino por un viraje: después de él la ópera vuelve a ser drama, y no un desfile de voces.