Pierre Corneille nació en 1606 en Ruan, en la familia de un abogado normando, y se formó él mismo como abogado. De práctica jurídica apenas hubo — pero hubo pasión por el teatro. En 1629 se estrenó su primera comedia, «Mélite»: un éxito inesperado. Hacia 1637 había escrito varias piezas más, pero la verdadera prueba llegó con «El Cid».
La historia de «El Cid» es española: don Rodrigo debe retar a duelo al padre de la muchacha que ama, porque ese hombre ha ofendido a su propio padre. Lo mata — y con ello pierde para siempre todo derecho a su amada. Pero tampoco ella, Jimena, puede renunciar a su honor: está obligada a buscar venganza por su padre — contra el mismo hombre al que ama. Dos deberes, dos honras, dos verdades — y ni un solo villano. Este es el conflicto corneliano en estado puro.
La Academia Francesa examinó «El Cid» en un documento oficial: las tres unidades están rotas, la moral es dudosa, Jimena no debería casarse con el hombre que mató a su padre. Al cardenal Richelieu, patrono de la Academia, le disgustaba el éxito de la pieza — quizá por eso la crítica sonó tan dura. El público reaccionó de otro modo: «El Cid» se convirtió en el primer éxito literario francés en el sentido moderno de la palabra.
Corneille respondió a la crítica con silencio — durante tres años. Y luego escribió «Horacio» (1640), «Cinna» (1641) y «Polieucto» (1642): tres tragedias seguidas, cada una desplegando el mismo tema. En «Horacio» un hijo mata a su hermana en nombre de Roma — y Roma lo absuelve. En «Cinna» Augusto perdona a un conspirador — y esto resulta más poderoso que la ejecución. En «Polieucto» un cristiano marcha al martirio — y convierte a los paganos. El deber, la voluntad, la decisión — tres variaciones sobre una sola pregunta: qué hace humano al ser humano.
En los años 1650 Corneille sufrió varios fracasos y durante casi ocho años no escribió nada para el teatro. Cuando volvió, resultó que en la escena ya reinaba Racine: más joven, más sutil, más popular. Racine escribía de la pasión más fuerte que la voluntad; Corneille, de la voluntad más fuerte que la pasión. El público de los años 1670 prefirió a Racine. No era el éxito de un rival — era la ruptura de dos épocas.
Corneille murió en 1684 en París, habiendo sobrevivido a la mayoría de sus principales rivales. Su contemporáneo y crítico Boileau lo reconoció como el primer creador de la tragedia francesa — pero solo en tiempo pasado. Para entonces Racine ya había abandonado el teatro. Extraña inversión: los dos grandes trágicos se retiran casi al mismo tiempo — uno hacia la muerte, el otro hacia el silencio cortesano.
El «héroe corneliano» se volvió un tipo fijo: un hombre que elige el deber contra el deseo — y no se arrepiente. No es estoicismo ni resignación. Es la convicción de que precisamente en esa elección la persona llega a ser ella misma. En el siglo XX esta idea regresó de manera inesperada — en el existencialismo. El «condenado a ser libre» de Sartre es, en su estructura, lo mismo que el conflicto corneliano. Solo que sin Dios y sin monarquía.