Fue el primero en ver que las nubes eran un tema por derecho propio. No un telón de fondo para gentes y castillos, no un marco — las nubes por sí mismas. En los años veinte del siglo XIX pintó estudios de nubes: cielo solo, sin tierra alguna, anotando al dorso la hora, la dirección del viento, el tipo de nube.
John Constable nació en 1776 en Suffolk, hijo de un molinero; su padre poseía molinos y ruedas hidráulicas. Creció entre el agua y el viento — y ellos se convirtieron en lo único que le interesaba.
En la Academia de Bellas Artes le dijeron que el paisaje era el más bajo de los géneros: había que pintar historia, mitología, religión. No hizo caso. El carro de heno, 1821: una carreta vadeando un río, una granja a lo lejos, nubes en lo alto. El jurado del Salón de París le dio una medalla de oro, y los pintores franceses quedaron atónitos: ¿acaso eso estaba permitido?
Su verde era un verde propio. Salpicaba sobre él pintura blanca para atrapar el brillo del rocío y del sol en las hojas. Lo llamaron «la nieve de Constable» y se rieron. Después comprendieron que era la verdad.
Delacroix, tras ver su obra en París, repintó todo un pasaje de uno de sus propios lienzos — la víspera misma de la exposición.
Sobrevivió a su mujer; habían sido felices, y ella murió joven. Sus paisajes se oscurecieron después de eso.
Murió en 1837. Turner le sobrevivió catorce años — y siguió, todos esos años, pintando nubes a su manera.