En 1908 fue al estudio de Picasso a ver Las señoritas de Aviñón. Salió conmovido hasta los cimientos. De vuelta en Normandía pintó un grupo de paisajes y se los mostró al crítico Louis Vauxcelles, que escribió sobre «pequeños cubos». Y así la palabra «cubismo» entró en la historia.
Georges Braque nació en 1882 en Argenteuil, cerca de París. Su padre era pintor de brocha gorda con amor por los cuadros, y desde niño Georges fue hábil con las manos y con el pincel. Se formó como decorador y luego estudió en la Academia.
En 1907 conoció a Picasso. Durante los cinco años siguientes los dos trabajaron tan estrechamente que después ninguno podía decir con certeza quién había hecho qué. Se cartearon, intercambiaron lienzos y avanzaron en una sola dirección: romper el objeto en planos, verlo desde varios lados a la vez.
Braque decía: «Éramos como alpinistas atados a una misma cuerda». Cuando llegó la guerra en 1914 fue al frente, resultó gravemente herido y pasó un año recuperándose. Al volver encontró que Picasso ya había tomado otro camino.
Siguió solo. Su cubismo se hizo más suave y más cálido — aparecieron las texturas, los colores terrosos, las naturalezas muertas con instrumentos musicales. Regresó adonde había empezado: el oficio, la materia, la superficie.
A diferencia de Picasso, no le gustaba el ruido. Vivía en Normandía y trabajaba. Murió en 1963, a los ochenta y un años.
Picasso dijo de él: «Braque es la mujer que más he amado».