El nacimiento de Venus lo pintó hacia 1486. Fue el primer gran cuadro del arte europeo cuya figura central era una diosa pagana desnuda y no un santo cristiano. Nadie lo había hecho antes que él. Después lo hicieron todos.
Sandro Botticelli nació en Florencia en 1445, hijo de un curtidor. Su verdadero nombre era Alessandro Filipepi; el apodo Botticelli — «tonelito» — le llegó de un hermano mayor. En el taller de Filippo Lippi aprendió a pintar rostros hermosos, líneas fluidas, miradas pensativas.
En los años 1480 estaba en la cumbre: el pintor favorito de Lorenzo de Médici, el gran mecenas de Florencia. Pintaba alegorías y escenas mitológicas — la primavera, ninfas, las Gracias. Su Primavera está entre las imágenes más interpretadas y aún inexplicadas de la historia: qué significan las nueve figuras, qué ocurre de izquierda a derecha, quién sigue a quién — sobre la cuestión se han escrito volúmenes.
Luego murió Lorenzo. Luego los Médici fueron expulsados de Florencia. Luego vino Savonarola, el fraile que quemaba libros y cuadros declarándolos pecado. Las «hogueras de las vanidades»: la gente llevaba sus posesiones al fuego y las arrojaba en él. Botticelli, se dice, llevó algunos cuadros suyos.
Sus últimos años los pasó pobre y casi olvidado. Pintaba asuntos religiosos en una manera arcaica, como si hubiera retrocedido veinte años. Murió en 1510.
El siglo XIX lo redescubrió: los prerrafaelitas hallaron en él lo que le faltaba a la pintura oficial — el sueño, la melancolía, la ingravidez.