Aleksandr Vertinski cantaba canciones como jamás se habían oído: tiernas, decadentes, teatrales. Inventó un personaje de Pierrot — maquillaje blanco, traje negro, la entonación de un hombre al que el dolor no deja hablar claro. Funcionó.
Nació en Kiev en 1889, perdió pronto a sus padres y lo criaron unas tías. En Moscú se hizo actor, luego cantante. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió como enfermero; después vino el cabaret. «La pequeña criolla», «El negro lila», «Tus dedos huelen a incienso»: canciones de amor, de muerte y de fantasía exótica.
Tras la revolución emigró: Constantinopla, Berlín, París, Shanghái — veinte años en tierras ajenas. En 1943 regresó a la URSS, con permiso personal de Stalin. Actuó en películas y dio conciertos. El poder soviético lo toleraba como una curiosidad exótica: demasiado famoso en el extranjero para tocarlo.
Murió en Leningrado en 1957, después de un concierto. El corazón le falló; tenía sesenta y siete años. Sus hijas, Anastasía y Marianna Vertínskaya, llegaron a ser actrices muy conocidas.