Antoine de Saint-Exupéry escribió «El principito» en cuestión de meses, exiliado en Nueva York, con nostalgia de Francia y del cielo. Era piloto militar, y el cielo no era para él una metáfora sino una profesión.
Nació en Lyon en 1900. De niño enfermaba a menudo, dormía poco y leía la noche entera. A los veintipocos se hizo piloto de correo: Toulouse, Marruecos, Senegal, América del Sur. Era un trabajo peligroso: las referencias en tierra eran pobres, los aviones poco fiables. «Correo del Sur», «Vuelo nocturno», «Tierra de hombres»: libros sobre lo que se siente cuando el Sahara queda abajo y uno está solo en la cabina.
En 1940 Francia capituló, y él partió hacia América. Allí escribió «El principito»: una parábola sobre las personas mayores que han olvidado ver lo que importa, sobre una rosa a la que había que cuidar, sobre un zorro que fue domesticado. Los dibujos los hizo él mismo, en acuarela, sin gran destreza — y justamente de eso se trataba.
En 1944 volvió al servicio activo, a pesar de la edad y de las heridas. El 31 de julio despegó en un vuelo de reconocimiento sobre el Mediterráneo y no regresó. Tenía cuarenta y cuatro años. Lo que ocurrió sigue sin saberse hasta hoy.