Arthur Rimbaud escribió todo lo que importa en su obra antes de los veinte años; después abandonó la poesía para siempre y se marchó a comerciar a África.
Nació en 1854 en Charleville, un alumno brillante aborrecido por su ciudad de provincias. A los dieciséis escribió «El barco ebrio», uno de los poemas más vertiginosos del siglo XIX. Se lo envió a Verlaine; Verlaine lo llamó a París.
Siguieron dos años de romance tormentoso y de creación. «Iluminaciones», «Una temporada en el infierno»: Rimbaud inventaba una lengua nueva, destrozaba la sintaxis, perseguía un «desarreglo sistemático de todos los sentidos» como camino hacia la visión. En 1873 Verlaine le disparó en un hotel de Bruselas. La herida fue leve; el escándalo, enorme. Rimbaud escribió «Una temporada en el infierno» — y calló.
A los veintiuno se fue. Chipre, Adén, Harar. Comerció con café, con armas, quizá con esclavos: los historiadores aún discuten. Apenas escribía cartas a casa. En 1891 volvió para morir de un cáncer de huesos. Tenía treinta y siete años. La poesía, dijo, era «una tontería».