En 1863 París vio el Salón de los Rechazados, una exposición para los pintores a quienes el jurado del Salón oficial había cerrado la puerta. El propio Napoleón III ordenó abrirlo, para que el público juzgara por sí mismo. El público acudió — y se rio del lienzo de un joven pintor, Almuerzo sobre la hierba.
El cuadro muestra a una mujer desnuda sentada junto a hombres vestidos a la moderna. No una ninfa, no una diosa — simplemente una mujer. Y mira de frente al espectador.
Édouard Manet nació en París en 1832, en una familia acomodada. Su padre lo destinaba al derecho; el hijo suspendió seis veces el examen de la escuela naval antes de que el padre consintiera en la pintura.
Estudió con Thomas Couture y copió a los viejos maestros en el Louvre — Tiziano, Hals, Velázquez; los sabía de memoria. Pero en cuanto empezó a pintar por su cuenta, quedó claro que no quería representar nada alegóricamente. Solo lo que es.
Olympia, 1865: una cortesana desnuda yace en la cama, los ojos puestos en el espectador, mientras una criada negra le trae flores de un cliente. Todo ello, la pura realidad del París de entonces. El escándalo fue enorme.
Le gustaba París — los cafés, los bulevares, las carreras, la Ópera — y lo pintaba. No se marchaba a Bretaña en busca de naturaleza salvaje ni subía a las montañas en busca de romanticismo. Pintaba lo que veía desde su ventana.
Murió en 1883, antes de que llegara el reconocimiento. Pocos años después, los impresionistas — Monet, Renoir, Degas — lo llamaban su precursor.