Iván Krylov inventó a Rusia en fábulas — o mejor dicho, se la mostró a sí misma en una forma que podía reconocer sin ofenderse. El oso que parte una frente para espantar una mosca. El cisne, el cangrejo y el lucio tirando de un carro en tres direcciones. La corneja con el queso. Todo pasó a la lengua y se quedó allí para siempre.
Nació en 1769. Su padre, capitán del ejército, murió pronto, y la familia vivió en la pobreza. Desde niño Krylov trabajó de escribiente, leyó cuanto caía en sus manos y aprendió idiomas por su cuenta. Probó suerte con la comedia y con el periodismo — nada notable.
A los cuarenta escribió sus primeras fábulas y se convirtió en clásico en vida. Nueve libros en cuarenta años: cerca de doscientas fábulas, la mayoría tomadas de La Fontaine o de Esopo y refundidas a la rusa. Pero «refundidas» es la palabra justa: en manos de Krylov no son traducciones sino obras independientes, llenas de vida rusa, de entonaciones moscovitas, del habla del pueblo.
Sirvió treinta años en la Biblioteca Pública de Petersburgo, famoso por su glotonería y su pereza — se decía que podía pasar semanas sin levantarse del sofá. Murió en 1844, bien comido y bien querido.