Ludwig van Beethoven es uno de los más grandes compositores alemanes de todos los tiempos. El futuro genio nació en Bonn en 1770, en la familia de un músico de corte, y desde la más temprana infancia aprendió varios instrumentos: el órgano, el violín, el clavecín y la flauta.
A los doce años Ludwig se convirtió en ayudante del organista de la corte, y el conocido compositor Christian Gottlob Neefe lo tomó como alumno. Entre sus maestros posteriores estuvieron los compositores Franz Joseph Haydn, Johann Georg Albrechtsberger y Antonio Salieri.
En 1792 Beethoven se trasladó a Viena, y en sus primeros años en la nueva ciudad ya se había ganado la fama de pianista virtuoso. Fue en Viena donde escribió sus obras más célebres: la sonata Claro de luna, la sonata Patética y varios conciertos y oberturas.
En 1796 el oído empezó a darle problemas. Una inflamación del oído medio e interno le provocó tinnitus, un zumbido que le estorbaba para percibir y juzgar no solo la música sino el habla corriente. El mal fue empeorando, y Beethoven comenzó a perder el oído con rapidez.
En 1802, por consejo de su médico, se mudó a la pequeña y tranquila localidad de Heiligenstadt con la esperanza de mejorar. La cura, por desgracia, no ayudó, y el compositor regresó a Viena. Allí su amigo, el mecánico e inventor Johann Nepomuk Maelzel, le fabricó trompetillas acústicas que le ayudaban a distinguir el habla. La colección de trompetillas de Beethoven se conserva hoy en su casa-museo de Bonn.
Pese al marcado deterioro, Beethoven aún pudo oír el habla y la música hasta 1812; hacia 1814, sin embargo, estaba casi completamente sordo. A causa de su dolencia renunció casi por completo a las apariciones en concierto en sus últimos años, y solo podía comunicarse mediante sus «cuadernos de conversación», que registran sus intercambios con los amigos sobre música, política, sociedad y muchas otras cosas.
Para componer tenía que captar la vibración del instrumento. Con ese fin Beethoven usaba una varilla de madera: sujetaba un extremo con los dientes y apretaba el otro contra el instrumento. La Novena Sinfonía, oída por primera vez en 1824, llevó al público al éxtasis; toda la sala se puso en pie para aclamar al genio — pero Beethoven solo pudo ver la ovación.
Murió en Viena el 26 de marzo de 1827; más de veinte mil personas acudieron a despedirse de él. Con su arte y sus grandes obras Beethoven demostró que ninguna sordera puede cerrarle el paso al verdadero arte.