Alekséi Mechov fue un sacerdote parroquial de Moscú venerado como santo ya en vida. Su parroquia de la calle Maroseika era un oasis de calor humano en una ciudad que, a comienzos del siglo XX, hervía de revoluciones y catástrofes.
Nació en Moscú en 1859, hijo de un director de coro de iglesia, y fue ordenado en 1884. Los primeros ocho años de su sacerdocio trajeron desgracia tras desgracia: la muerte de su esposa, cuatro hijos, la pobreza. San Juan de Kronstadt lo visitó una vez y le dijo: «Ahora serás nuestro bátiushka de Moscú», nuestro padrecito.
Acudían a él todos: intelectuales, gente sencilla, los que dudaban, los que sufrían. No sermoneaba. Simplemente estaba allí, y escuchaba a cada uno hasta el final. De él decían: «El bátiushka ama a todos, y recibe a todos».
Murió en 1923. Su hijo Serguéi continuó el ministerio en la misma parroquia hasta su arresto y fusilamiento en 1942. En el año 2000 Alekséi Mechov fue canonizado. Sus reliquias descansan en la iglesia de San Nicolás en Klenniki, en Maroseika.