Aleksandr Men fue un sacerdote ortodoxo que hablaba a la gente como si tuviera cabeza propia. En los años soviéticos sus feligreses eran físicos, biólogos, pintores, poetas: una intelectualidad convencida de que la fe y la ciencia no podían reconciliarse. Men les mostró lo contrario.
Nació en Moscú en 1935, en una familia judía, y fue bautizado de pecho. Estudió en el Instituto de Peletería — la única escuela que lo admitía sin trabas —, fue ordenado en 1960 y sirvió en parroquias de las afueras de Moscú.
El Hijo del Hombre, su vida de Cristo, se escribió en los años sesenta y pasó de mano en mano en samizdat. Luego vino la Historia de la religión, en siete volúmenes, desde los cultos primitivos hasta el cristianismo: un intento de mostrar que la búsqueda religiosa es una de las ocupaciones humanas centrales, no una reliquia.
El KGB lo mantenía vigilado. En 1990, una mañana, camino de la iglesia, lo derribaron de un hachazo. El asesinato nunca se ha resuelto. Tenía cincuenta y cinco años. Cada domingo la gente sigue acudiendo a su tumba en Semjoz.