Mark Aldánov es una de esas figuras que a primera vista parecen enigmáticas y magnéticas. Nació en Petersburgo, en una época de grandes sacudidas que marcaría su destino de escritor. Formado como químico, descubrió que su verdadera vocación estaba en la literatura. En 1919 dejó Petersburgo para emprender un largo viaje que lo llevó primero a París, luego a Nueva York, y de nuevo a París.
A lo largo de su carrera Aldánov escribió más de una docena de novelas históricas, en las que exploró la Revolución francesa, las guerras napoleónicas y el terror ruso del siglo XIX. Sus libros no son meras reconstrucciones históricas, sino un análisis penetrante de la naturaleza humana y de los mecanismos de la sociedad. La conclusión que extrae es cruda: las revoluciones no liberan; reproducen la tiranía con otro disfraz. Muestra cómo los idealistas, movidos por convicciones elevadas, pueden volverse verdugos y sacrificar vidas ajenas a su idea.
Las preguntas que Aldánov planteó no pertenecen solo a su tiempo, sino a todos los tiempos. ¿Hay alguna idea por la que valga la pena morir? Su respuesta viene dada con una cautela amarga, una invitación a calcular el precio que pagamos por nuestras convicciones. Su última novela, «Suicidio», está entre las expresiones más vivas de este tema: un estudio de personas que se matan, o matan a otros, por aquello en lo que creen.
Su propia vida estuvo llena de penalidades y de paradojas. Contempló la revolución desde el margen y no le perdonó nada; ese resentimiento y ese desencanto recorren sus libros, con su acta de acusación contra el terror revolucionario y la violencia ideológica. Viviendo en la emigración, se mantuvo fiel a sus convicciones y siguió escribiendo incluso cuando hacerlo era difícil y estaba fuera de moda.
Aldánov sigue siendo una figura importante de la literatura rusa — por sus novelas, pero también por las preguntas que hizo. Su anatomía de las revoluciones y de las ideologías no ha perdido vigencia en un mundo que no deja de producir nuevas convulsiones. Enseña la cautela ante las ideas que exigen sacrificios, y nos pide sopesar lo que cuestan nuestras convicciones. Sus libros no son simple ficción histórica, sino meditaciones filosóficas sobre la naturaleza humana y la sociedad, y siguen inquietando e inspirando a los lectores de hoy.