Aleksandr Ostrovski creó el teatro ruso. No en sentido figurado, sino literal: antes de él Rusia carecía de un repertorio nacional propio, y sus teatros se las arreglaban con piezas traducidas y vodeviles. Después de él existió el Teatro Mali, para el que sus obras siguieron siendo el fundamento durante décadas.
Nació en Moscú en 1823, hijo de un funcionario judicial, en Zamoskvorechie: el Moscú de los mercaderes, de las galerías comerciales y de las costumbres patriarcales. Ostrovski conocía aquel mundo de arriba abajo, y lo retrató sin halagos.
Es cosa de familia: la arreglaremos entre nosotros, su primera obra importante, fue prohibida por la censura a raíz de una queja de los mercaderes de Moscú: se habían reconocido. La tormenta, La muchacha sin dote, El bosque, Hasta el más sabio se equivoca: casi cincuenta piezas en cuarenta años, cada una un vaciado exacto de su época.
Escribió tanto, y tan bien, que su nombre se convirtió en sinónimo del drama doméstico ruso. Murió en 1886 en su finca, trabajando en una traducción de Shakespeare. El manuscrito inacabado quedó sobre su escritorio.