Gustave Flaubert pasó cinco años escribiendo Madame Bovary y odió cada página — no porque la novela fuera mala, sino porque quería que cada frase fuese la única posible. Cazaba le mot juste, la palabra exacta, y no podía detenerse hasta encontrarla.
Nació en Ruan en 1821. Su padre era cirujano; la infancia transcurrió junto al hospital, entre el olor del ácido fénico y las conversaciones sobre la muerte. Eso no lo volvió un cínico, pero le enseñó a mirar al ser humano sin ilusiones.
Madame Bovary apareció en 1857 y fue a dar en el acto ante los tribunales por «ofensa a la moral pública». Flaubert fue absuelto. Emma Bovary — la mujer de un médico de provincias que sueña con pasiones que no existen — empezó a leerse en toda Europa. Tolstói ponía la novela como modelo; Joyce aprendió de ella frase a frase.
La educación sentimental, Salambó, La tentación de san Antonio — Flaubert trabajaba despacio y produjo poco. Pero cada uno de sus libros es un experimento: ¿qué pasa si se toma el material más banal y se trabaja con tanto esmero que se convierte en arte? Murió en 1880, en su escritorio, de una hemorragia cerebral.