George Gordon Byron era cojo de nacimiento — y se pasó la vida entera convirtiendo sus defectos en leyenda. Belleza, escándalo, amante, exiliado, poeta. Murió a los treinta y seis años en Grecia, adonde había ido a luchar por la independencia del país.
Nació en 1788, de un padre capitán que lo había dilapidado todo y de una madre escocesa de carácter indomable. A los diez años heredó el título de lord. A los diecinueve llegó su primer libro de versos — y un descuartizamiento en la Edinburgh Review. Byron respondió con la sátira Bardos ingleses y críticos escoceses.
Childe Harold, Manfredo, Don Juan — héroes que no caben en molde alguno. El «héroe byroniano» — sombrío, orgulloso, desencantado — se volvió el arquetipo de la época.
El escándalo por su hermana, el divorcio, las deudas — y dejó Inglaterra para siempre. Italia, luego Grecia. Murió de fiebre en Missolonghi. Grecia lo cuenta entre sus héroes nacionales.