Babrio fue un fabulista grecorromano que vivió en la absorbente época del siglo II d. C. Nació en Siria, en la ciudad de Siracusa, donde se encontraban culturas y civilizaciones distintas. Era un tiempo de grandes cambios, en el que la cultura griega y la romana se mezclaban y producían algo nuevo e interesante, y Babrio formó parte de ese proceso; su obra lleva la huella de esta fusión de dos grandes tradiciones.
La principal de sus obras es su versión de las fábulas de Esopo en verso griego, en el llamado metro coliámbico. La elección fue audaz, pues el coliambo era una forma rara y exigente. Babrio, sin embargo, la manejó con gran destreza y produjo relatos vivos y cautivadores que entretenían al tiempo que enseñaban serias lecciones sobre la vida. Sus versiones de las fábulas se distinguen por la vivacidad del lenguaje y el pulido literario, y conservan el núcleo didáctico de los originales.
La idea rectora de su obra es la unión del placer y la instrucción moral. Quería demostrar que la literatura podía ser útil además de deleitosa. Sus fábulas hablan de cosas sencillas y llevan, no obstante, hondas reflexiones sobre la naturaleza humana y la sociedad. Su aportación a la cultura fue considerable: su obra fue ampliamente conocida y amada en el mundo antiguo, y sus fábulas, traducidas a muchas lenguas, se leen y se estudian todavía.
Su vida no careció de penalidades ni de paradojas. Era un griego que vivía dentro del Imperio romano, lo cual traía sus propias dificultades, y su obra no siempre fue comprendida ni valorada en vida suya. Aun así siguió escribiendo, movido por la pasión de la literatura y el deseo de compartir sus ideas con el mundo.
Babrio importa hoy porque su obra sigue instruyendo y deleitando. Sus fábulas son intemporales y universales, abiertas a lectores de toda cultura y de toda edad; su ejemplo y su oficio aún pueden servir a los escritores y artistas de ahora. Demostró que la literatura puede ser un poderoso instrumento de expresión y de comunicación, capaz de cambiar el modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. Su legado perdura, y su obra conservará siempre su frescura y su encanto.